miércoles, 24 de agosto de 2011

- La urgencia de otro Presidente -


Hoy, vivimos en Venezuela una crisis política y económica profunda, nos enfrentamos al desasimiento del Estado y de sus instituciones, al término de la separación de los Poderes Públicos para reunirse en las manos de una sola voluntad dogmática y totalitaria, que  ha irrumpido en la vida de quienes vivimos en este país diciéndonos y ordenándonos cómo debemos pensar, qué debemos hacer, cómo debemos votar, cuáles son nuestros amigos y enemigos. El gentilicio amable de nuestro pueblo ha sido sustituido por la confrontación entre hermanos, por el trato grosero, intolerante y discriminatorio.
Los ataques a la prensa y a los periodistas que no trabajan en los medios oficiales, los esfuerzos por controlar la libertad de información, de imponer una sola verdad, la utilización del sistema de justicia como fuerza de disuasión, las violaciones sistemáticas a los derechos humanos como nunca en la historia de nuestro país; acompañados de casos de corrupción que quedan en la impunidad, en que el último, arropa a los anteriores, están destruyendo los cimientos de nuestro Estado democrático y social de Derecho y Justicia, que propugna los valores superiores de la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, LA DEMOCRACIA, la responsabilidad social, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político. Valores reducidos a cenizas por el fuego revolucionario.
Los cambios registrados en Venezuela en este período  autoritario han tenido un efecto devastador sobre la integración social del país. La marginalidad y la delincuencia han irrumpido como un fenómeno de magnitud desconocida en las últimas décadas.
No sólo se ha producido un aumento del desempleo –abierto o disfrazado-, además desaparecieron puestos de trabajo de calidad, sustituidos por ocupaciones inestables: labores independientes o de buhonería y en otros casos, por dinero otorgado a los escogidos por el régimen, quienes deben decir que son bolivarianos o  vestir de rojo.
Esto ha hecho que sectores que aparecen como ocupados se hayan vuelto más vulnerables a las fluctuaciones del mercado o a la voluntad del régimen; produciendo una marginalidad sicológica, acompañada de pérdida de la autoestima.
Mención aparte merecen quienes han perdido sus empleos por razones políticas, muchos de ellos ni siquiera han percibido sus prestaciones, o no logran conseguir un trabajo digno por estar incluidos en la “Lista Tascón” o en la perfeccionada del “Comando Maisanta”.
Esta situación me produce una honda preocupación y un gran dolor, más aún cuando veo con consternación que los indicadores revelan el carácter de una marginalidad que incluye desmejoradas condiciones de empleo, ingreso, vivienda, consumo, educación, salud y seguridad personal.

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